LEYENDA SOBRE LA ROSA DEL INCA (Rodocrosita)

Cuenta la historia que a orillas del lago Titicaca, se encontraba el imponente Templo de las Ajllas. Allí se encontraban las vírgenes sacerdotisas, esperando que una vez al año, se abrieran sus impenetrables puertas para designar a la elegida. El Inca Tihuanaco era muy celoso, y protegió el lugar rodeándolo con un lago sagrado y altos farallones para evitar cualquier mirada indiscreta.

Hasta que un día, un poderoso guerrero, el invencible Tupac Canqui, se atrevió a profanar el terreno, movido por la curiosidad. Allí sus ojos descubrieron la hermosura de la sacerdotisa Ñusta Ajlla.

Bastó contemplarse mutuamente, para que cayeran profundamente enamorados. Decidieron huir juntos a tierras lejanas. Fueron hacia el sur, logrando alcanzar el suelo de Andalgalá, tierra donde creció su amor, y bajo cuyo sol fundaron los pueblos Diaguitas.

Los enamorados lograron huir de las fuerzas del Inca, pero no de sus hechiceros. Los maleficios recayeron sobre ellos y produjeron la muerte de Ñusta, quien fue enterrada en la cima de una montaña de Andalgalá. Su compañero, se acostó a dormir eternamente sobre las tierras donde yacía su amada.

Tiempo después, un pastor de Andalgalá que se encontraba arreando ganado fue el primero que volvió a ver dónde estaba enterrada Ñusta. Con gran asombro vio que entre los peñascos que habían tapado el cuerpo, las piedras habían cambiado: se habían tornado color rojo, habían tallado pétalos de rosas.

El pastor tomó una de esas rosas para ofrecérsela a Tupac Canqui. La mano del guerrero tembló de emoción al recuperar así a su dulce india, quien ya había sido perdonada y erigida como mártir del amor.

Desde ese momento, trozos de esa piedra (rodocrosita), bautizada Rosa del Inca, adornaron los cuellos de las princesas del Tihuanaco, como expresión de amor eterno, de perdón, de fidelidad y de la energía femenina.

Hoy se lleva como símbolo del amor de una mujer.